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Registro bomberil recuerda la destrucción del megaterremoto

Hoy se conmemoran los 60 años del cataclismo más grande registrado por sismógrafos: 9,5 de magnitud de momento. Tras él un maremoto también contribuyó en dañar a buena parte del sur del país, incluyendo Chiloé.
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Felipe Montiel Vera

El día 22 de mayo de 1960 a las 15.11 de la tarde, se produjo el terremoto de mayor registro instrumental del mundo. Alcanzó una magnitud de momento de 9,5 y remeció un amplio territorio nacional, generando un gran maremoto que arrasó las costas del centro sur chileno, llegando incluso a Japón y Hawái sin previo aviso.

La magnitud del evento sísmico en la ciudad de Castro se puede leer en el siguiente documento histórico, correspondiente al libro de novedades de la Segunda Compañía de Bomberos de Castro, "Bomba Chiloé-España".

La nota del folio 109-111, registro Nº 72, es elocuente y dramática, escalofriante por su realismo y testimonio.

Castro, mayo 22 de 1960.

Hoy, siendo las tres cinco de la tarde de un día de sol, se produjo un inesperado terremoto nunca antes sentido en el país, ni aún en el mundo entero según opinión de los sismólogos, siendo del grado diez a once de la escala internacional, con caracteres de cataclismo, produciendo un pánico aterrador en la población, por la fuerza de su movimiento al extremo de inclinar las casas hasta casi juntarse, como por la intensidad y duración de él, que fue de seis minutos de indescriptible asombro. Nadie se sostenía en pie y los gritos de dolor pidiendo misericordia se confundían entre las personas, aún sin conocerse.

Cuando aún no se reponían los habitantes y sin constatar los estragos producidos por el terrible sismo, se dio la voz de alarma de incendio en la calle Thompson, producido por el volcamiento de una cocina quince minutos después del movimiento sísmico, siendo la casa del Sr. juez letrado, don Domingo Yurac, el sitio donde empezó el fuego.

Nuestra compañía, aunque dispersa concurrió en un setenta por ciento de sus voluntarios, con el material de grifos, solamente por estar la auto-bomba en malas condiciones según consta en la comandancia.

Se conectaron con presteza las mangueras, pero tuvimos la sorpresa que no había agua en los grifos debido a la rotura de las cañerías de abastecimiento. Hubimos de batirnos con baldes trabajando en forma titánica por atajar el fuego, lo que pudo conseguirse después de cuatro o cinco horas de incansable labor; no obstante, pese a nuestro titánico esfuerzo se quemaron las casas de las siguientes personas: Sres. Marcos Perales, ocupada por don Domingo Yurac; Eulogio Oyarzún; Sixto Cárcamo; Alberto Paredes; Liborio Barrientos; sucesión Ramón Uribe; Manuel García; César García; Mansilla; René Ruiz; Vitalia Canobra, y parte sucesión Riffart, total 12 casas.

Se deja constancia que en el ánimo de atajar la propagación del fuego, el capitán infrascrito ordenó después de lanzar la única granada de mano existente, sin resultado, dinamitar la propiedad Uribe, lográndose ahí atajar el fuego, gracias a la muralla de la sucursal Elorrieta. Todo este trabajo ha durado hasta cerca de la medianoche, ordenándose a los voluntarios hacer guardia obligada para constatar la magnitud de la desgracia.

Poco a poco nos fuimos percatando de la verdadera hecatombe que había asolado a Castro; todas las casas de cemento de la calle Blanco y otras como avenida Pedro Montt, Lillo, San Martín, se encontraban en el suelo; era algo desolador e inenarrable, pese a la oscuridad existente la gente toda se congregaba en la Plaza Prat, donde se veían las caras acongojadas dispuestas y resignadas a todo, porque seguía temblando en menor grado, provocando desesperación en las familias que prendían velas y oraban públicamente dentro de un ambiente de total hermandad. Como si esto no fuera poco, a las 3 de la madrugada se produjo un nuevo incendio en la calle Irarrázabal en la propiedad ocupada por el comerciante don Luis Barría Gutiérrez. Si titánico fue el primer incendio por la falta de elementos, éste fue agotador, pues apenas se contaba con un insignificante e insuficiente chorro de agua, del grifo de calle Blanco.

Todo fue inútil, gracias a la construcción de cemento se quemaron solo las siguientes casas de la mencionada calle Blanco: sucesión Tulio Alvarado, Domingo Miserda, Ramón Oyarzún, Augusto van der Stell, sucesión Neftalí Gómez, Manuel Sánchez, Luciano Pérez, Pedro Paredes, Galvarino García, Francisco Díaz, quedando sólo la armazón de cemento destruyendo todo lo que era madera, vale decir el interior.

Todo el mundo amaneció sin nadie poder dormir. La compañía instaló un puesto permanente en una esquina de la plaza con todo el personal de guardia y turnándose en los recorridos. La amanecida fue un cuadro dantesco, todo destruido y quemado, especialmente las obras portuarias hundidas; las gentes se abrazaban llorando, y nosotros hacíamos el papel de cuidadores con nuestro material aunque deteriorado pero extendido en precaución. Ante tan tremenda desgracia se ordenó al Cuerpo de Bomberos la guardia permanente del voluntariado recorriendo la ciudad por turnos.

Se confecciona el presente parte para continuar más adelante.

Capitán Guillermo Águila Soto

Ayudante Humberto Molina Bustamante